Confidencias de una dama a un sol

Siempre he sido el tipo con “cara de buena gente”, el “inocente”, en otras palabras “el gordito con cara de huevón”. Lo que me condenó a ser receptor de una serie de historias muy personales por parte de mis amigos, lo cual no fue tan malo, pero en algún momento, el cual no recuerdo con exactitud, empeoró. Gente que recién conocía, y hablo de no más de una hora, empezaban a contarme su vida por entero, lo cual nunca entendí pues qué les hacía pensar que a mí me podía interesar. Entonces esto llegó a convertirse en una desgracia, pero de las más desgraciadas.
En la Colmena, entre la plaza San Martín y la avenida Tacna, se encuentra uno de los muy populares “a sol la barra” llamado Miami Beach, ahí me encuentro con algunos amigos, tomando unos tragos mientras las desnudistas de elefantiásicas medidas comienzan a contonearse alrededor de un tubo, mientras de la destartalada cabina el Dj tocar i don't want miss a thing para acompañar los bruscos movimientos de las bailarinas. Debo confesar con sinceridad que no me gustan esos lugares, no me gusta la mentira de la seducción a una puta que tienes que enamorar primero para luego proceder al coito, por el cual cobrará lo acordado; pero uno de mis amigos es hijo del dueño de este local, lo cual significa alcohol gratis toda la noche.
Entre una bailarina semicalata, 4 cervezas y una botella de vino, decido expulsar todo el sopor contenido y anuncio mi despedida. Nadie me hace caso, menos el chino Roberto que no deja de grabar el calenturiento espectáculo en su celular, pero Carlos, o también gallina, decide irse conmigo, lo cual me sorprende pues el suele disfrutar de tremendo lugar como es el Miami. Temeroso me dice mientras esquivamos dos travestis muy fornidos _La verdad es que aún no me quiero ir…habla nos tomamos unos tragos por ahí. La idea se presenta interesante y le propongo el Yakana en Jirón de la unión, el accede, pero no se ve entusiasmado. Llegamos y paga mi entrada y pide dos cervezas. Hablamos poco, acabamos nuestros últimos vasos y emprendemos una retirada sin conseguir más que un número falso de una linda chica de nombre María, si es que es el verdadero nombre.
Entre el silencio de nuestra caminata, veo dibujada una expresión de tensión en la cara de Carlos y trato de hablar con él para ver si puedo llegar a saber lo que le sucede _Gallina, qué pasa te noto abrumado, y sin mirarme detiene el paso, sonríe y me dice: _Sabes qué, te invito otra chela, pero esta vez yo te llevo. Meto mi mano al bolsillo y me doy cuenta que sólo cargo con un sol, recapacito rápidamente sobre mi situación y entiendo que la única forma de regresar hasta Barranco es con la ayuda de Carlos, así que inevitablemente accedo a su propuesta. De pronto me veo en Calloma parado en la puerta de de un local atiborrado abigarradamente con luces de neón, entramos y en el primer piso hay una taquilla donde nos venden la entrada, que no es más que un talonario de rifa, y entonces por las escaleras subimos al segundo piso donde todo tomaba forma.
En un pequeño espacio en forma de escenario a solo unos centímetros del piso se levanta el glorioso y bizarro tubo que caracteriza estos lugares, por detrás una cortina hecha a base de tiras de chapitas de cerveza se abre para dar lugar a la salida una bailarina, ella tiene el cabello liso, largo, negro y escarchado; su figura es peculiar a las demás danzantes, ella es esbelta, sus senos parecen ser dibujados por un arquitecto, estos muestra una redondez digna de la envidia del propio Botero y una piel canela que es adornada por unos llamativos ojos azules, que le debe haber costado muchas volteretas en ese tubo que hace que hasta los diáconos babeen de arrechura.
Me quedo prendido de ella y observo como lentamente va despojándose de su disfraz de enferma –fantasía tonta pues si recapacitamos la mayoría de enfermeras son viejas, feas y gordas, por lo menos yo nunca me encontré una enfermera real que pareciera pornostar- al ritmo de can you feel the love tonight, y por primera vez me siento atraído por una mujer así. De pronto una voz aguardentosa dice: _Carlitos, cómo estás, yo sabía que vendrías… ¡Pepe, dos cervecitas para Carlitos al toque! Y de pronto Carlos y aquel hombre se enfrascaron en una conversación con una familiaridad admirable. _Acá tengo reservado tu sitio, ven con tu amigo; después de ser presentados con él, que resulto ser el dueño del local me sentí derrotado al notar que la canción había terminado y el tubo quedaba desolado.
Carlos me tenía sorprendido, en menos de 10 minutos había saludado al dueño del local -que le regalo dos cervezas-, a tres mozos, a cuatro de chicas que se emocionaron sobremanera cuando lo vieron al punto de subir sus diminutas minifaldas y mostrar sus tangas, y por último a un tipo que estaba en la mesa contigua a nosotros, tratando de seducir a un travesti. En ese momento me di cuenta que Carlos era un verdadero putañero.
La mesa que nos albergaba se encontraba pegajosa y reluciente de colillas de cigarros, pero imagino que esto poco importa a las personas que acuden a estos lugares. Una luz morada y otra roja alumbraban el lugar, lo cual era gratificante para ocultar las identidades de los concurrentes, o comensales, ustedes decidan. La música era lo de menos; por momentos sonaban baladas en inglés y de repente la chicha se hacía presente.
Casi inmediatamente al sentarnos se acercó una mujer de cabello pelirrojo, falso como casi todo lo que había ahí, y se sentó en las piernas de Carlos _Hola Carlitos te extrañé mucho; luego jugueteó con el cabello ensortijado de mi amigo mientras parecía excitada por la esquelética figura que éste tenía. _¿Llamo a una amiga para tu amigo?, Carlos me miró y sonrió picarescamente y yo a través de una mirada de pánico trataba de rogarle que no lo hiciera, pero el asintió afirmativamente con la mujer de labios rojísimos y él pareció regocijarse en mi desesperación. Nunca había interactuado con una bailarina, no sabía que hacer y mucho menos que decir, pensé en huir pero recordé que solo contaba con un sol y por mi cabeza sólo apareció la frase “Gallina de mierda”.
En ese momento supe que sólo había una manera de enfrentar esa situación: emborracharme, así que empecé a beber como descocido mientras Carlos parecía haber descifrado mi solución y me llamaba a la calma y yo seguía pensando en lo hijo de puta que había sido conmigo. El sabía que a mí no me gustaba el Miami y la única razón por la cual fui ese noche es por que Daniela se había marchado del país sin despedirse de mí y odiándome por completo. De repente sentí una presencia a mi costado que colocó su putesca mano pintarrajeada sobre mis rodillas y me pregunto cómo me llamaba a lo que respondí “Jorge”; volteé para ver su rostro y esperar que no sea una mofletuda más. Mi sorpresa fue grande al ver que mi acompañante designada era la bailarina que vimos al subir, entonces el temor pareció hincharse en mi pecho dejándome sin respiración por unos segundos, ahora si me encontraba totalmente desconcertado sobre como proceder, pues la borrachera ya no daría resultado esto era algo más grande de lo que me esperaba. Estaba en frente de una bailarina a la que ya había visto semicalata y ahora debía entablar conversación con ella. _Me llamo Gladis, me dijo alegremente, lo cual empeoraba las cosas pues así se llama mi mamá. Entonces supe que tenía que emborracharme por que nada podía ser peor entonces.
Ella notó mi angustia y empezó a interrogarme sobre a qué me dedicaba, con quién vivía, qué música me gustaba y un sin fin de preguntas estúpidas todas para el momento. Hasta que al parecer se encontró con que ya no tenía más que preguntar y decidió hablarme sobre ella. Me dijo que le gustaba bailar y se esmeraba mucho preparando su coreografía, lo cual me pareció inútil pues sus espectadores solo comentan “qué rico culo”, “qué buenas tetas”, “esa chola está bien rica” y obviamente nunca hay un comentario como “la performance de esta bailarina me parece rotundamente extraordinario”; mientras tanto yo, me había encontrado envuelto en pensamientos sobre Daniela, una gran amiga que dejó de serlo al momento que se enteró lo que yo sentía por ella, que lo único que hizo fue no escucharme y juzgarme por haber traicionado su amistad enamorándome de ella y me sentenció al destierro de su vida; _En realidad mi verdadero nombre es Carla; escuché decir a mi acompañante y la miré consternado y antes que pudiera decir algo ella prosiguió y al mirarme me sonría al parecer reconfortada y muy cómoda, la imagen de mujer apabullante mostrado al comienzo de nuestro encuentro desapareció ahora se mostraba muy natural, alegre y alivianada. Me contó que empezó vendiendo los boletos en la puerta y luego le ofrecieron que bailara, por los dos hijos pequeños que tenía y su madre anciana que mantenía ella sola aceptó, pero éste era su trabajo de fines de semana durante las mañanas estudiaba para ser peluquera. Esa era Carla, Gladis sólo cobraba vida los fines de semana en Calloma mientras su madre cuidaba a sus nietos pensando que su hija era mesera en una discoteca. Tengo que confesar que al oír a esa mujer que me había contado su verdadera historia sólo pude pensar en lo trágica que era mi suerte pues hasta una puta con la que sólo había estado menos de media hora, y sin disfrutar de su trabajo, se había sincerado conmigo hasta el punto de derramar algunas lágrimas. Entonces la angustia, el temor y los nervios que sentí al saber que mi acompañante sería la despampanante bailarina que vi al entrar, se había convertido en rabia, frustración y descontento al ver que hasta una puta me confiaba sus verdades sin preguntarse si a mí me interesaba. Porque esa era mi suerte, una desgracia de las más desgraciadas.
En ese momento me di cuenta que Carlos no estaba ya en la mesa y al preguntarle Carla por él. Ella señaló un lugar oscuro, donde había un mueble que se podía ver en penumbras, y allí estaba Carlos sentado con el pantalón por las rodillas y la pelirroja de labios putones montado sobre él besándolo ansiosa y desesperadamente. Lo cual provocó que mis sentimientos se agrandaran. El hijo de puta Carlos tenía una mujer que se le enroscaba por el cuerpo y yo consolaba a una puta llorona.
Al terminar su violenta sesión amatoria mi amigo me hizo una señal para irnos, lo cual fue lo más gratificante de la noche para mí, al despedirme Carla –o Gladis si gustan- se despidió de mí con intempestivo beso, y en ese momento pensé _Daniela,¿ por qué no eres una puta?.
Al caminar por la Colmena, ya de mañana, rumbo a Tacna y aún pensando en lo que había pasado esa madrugada me di cuenta que nunca dejaría de ser “el gordito con cara de huevón”.
En la Colmena, entre la plaza San Martín y la avenida Tacna, se encuentra uno de los muy populares “a sol la barra” llamado Miami Beach, ahí me encuentro con algunos amigos, tomando unos tragos mientras las desnudistas de elefantiásicas medidas comienzan a contonearse alrededor de un tubo, mientras de la destartalada cabina el Dj tocar i don't want miss a thing para acompañar los bruscos movimientos de las bailarinas. Debo confesar con sinceridad que no me gustan esos lugares, no me gusta la mentira de la seducción a una puta que tienes que enamorar primero para luego proceder al coito, por el cual cobrará lo acordado; pero uno de mis amigos es hijo del dueño de este local, lo cual significa alcohol gratis toda la noche.
Entre una bailarina semicalata, 4 cervezas y una botella de vino, decido expulsar todo el sopor contenido y anuncio mi despedida. Nadie me hace caso, menos el chino Roberto que no deja de grabar el calenturiento espectáculo en su celular, pero Carlos, o también gallina, decide irse conmigo, lo cual me sorprende pues el suele disfrutar de tremendo lugar como es el Miami. Temeroso me dice mientras esquivamos dos travestis muy fornidos _La verdad es que aún no me quiero ir…habla nos tomamos unos tragos por ahí. La idea se presenta interesante y le propongo el Yakana en Jirón de la unión, el accede, pero no se ve entusiasmado. Llegamos y paga mi entrada y pide dos cervezas. Hablamos poco, acabamos nuestros últimos vasos y emprendemos una retirada sin conseguir más que un número falso de una linda chica de nombre María, si es que es el verdadero nombre.
Entre el silencio de nuestra caminata, veo dibujada una expresión de tensión en la cara de Carlos y trato de hablar con él para ver si puedo llegar a saber lo que le sucede _Gallina, qué pasa te noto abrumado, y sin mirarme detiene el paso, sonríe y me dice: _Sabes qué, te invito otra chela, pero esta vez yo te llevo. Meto mi mano al bolsillo y me doy cuenta que sólo cargo con un sol, recapacito rápidamente sobre mi situación y entiendo que la única forma de regresar hasta Barranco es con la ayuda de Carlos, así que inevitablemente accedo a su propuesta. De pronto me veo en Calloma parado en la puerta de de un local atiborrado abigarradamente con luces de neón, entramos y en el primer piso hay una taquilla donde nos venden la entrada, que no es más que un talonario de rifa, y entonces por las escaleras subimos al segundo piso donde todo tomaba forma.
En un pequeño espacio en forma de escenario a solo unos centímetros del piso se levanta el glorioso y bizarro tubo que caracteriza estos lugares, por detrás una cortina hecha a base de tiras de chapitas de cerveza se abre para dar lugar a la salida una bailarina, ella tiene el cabello liso, largo, negro y escarchado; su figura es peculiar a las demás danzantes, ella es esbelta, sus senos parecen ser dibujados por un arquitecto, estos muestra una redondez digna de la envidia del propio Botero y una piel canela que es adornada por unos llamativos ojos azules, que le debe haber costado muchas volteretas en ese tubo que hace que hasta los diáconos babeen de arrechura.
Me quedo prendido de ella y observo como lentamente va despojándose de su disfraz de enferma –fantasía tonta pues si recapacitamos la mayoría de enfermeras son viejas, feas y gordas, por lo menos yo nunca me encontré una enfermera real que pareciera pornostar- al ritmo de can you feel the love tonight, y por primera vez me siento atraído por una mujer así. De pronto una voz aguardentosa dice: _Carlitos, cómo estás, yo sabía que vendrías… ¡Pepe, dos cervecitas para Carlitos al toque! Y de pronto Carlos y aquel hombre se enfrascaron en una conversación con una familiaridad admirable. _Acá tengo reservado tu sitio, ven con tu amigo; después de ser presentados con él, que resulto ser el dueño del local me sentí derrotado al notar que la canción había terminado y el tubo quedaba desolado.
Carlos me tenía sorprendido, en menos de 10 minutos había saludado al dueño del local -que le regalo dos cervezas-, a tres mozos, a cuatro de chicas que se emocionaron sobremanera cuando lo vieron al punto de subir sus diminutas minifaldas y mostrar sus tangas, y por último a un tipo que estaba en la mesa contigua a nosotros, tratando de seducir a un travesti. En ese momento me di cuenta que Carlos era un verdadero putañero.
La mesa que nos albergaba se encontraba pegajosa y reluciente de colillas de cigarros, pero imagino que esto poco importa a las personas que acuden a estos lugares. Una luz morada y otra roja alumbraban el lugar, lo cual era gratificante para ocultar las identidades de los concurrentes, o comensales, ustedes decidan. La música era lo de menos; por momentos sonaban baladas en inglés y de repente la chicha se hacía presente.
Casi inmediatamente al sentarnos se acercó una mujer de cabello pelirrojo, falso como casi todo lo que había ahí, y se sentó en las piernas de Carlos _Hola Carlitos te extrañé mucho; luego jugueteó con el cabello ensortijado de mi amigo mientras parecía excitada por la esquelética figura que éste tenía. _¿Llamo a una amiga para tu amigo?, Carlos me miró y sonrió picarescamente y yo a través de una mirada de pánico trataba de rogarle que no lo hiciera, pero el asintió afirmativamente con la mujer de labios rojísimos y él pareció regocijarse en mi desesperación. Nunca había interactuado con una bailarina, no sabía que hacer y mucho menos que decir, pensé en huir pero recordé que solo contaba con un sol y por mi cabeza sólo apareció la frase “Gallina de mierda”.
En ese momento supe que sólo había una manera de enfrentar esa situación: emborracharme, así que empecé a beber como descocido mientras Carlos parecía haber descifrado mi solución y me llamaba a la calma y yo seguía pensando en lo hijo de puta que había sido conmigo. El sabía que a mí no me gustaba el Miami y la única razón por la cual fui ese noche es por que Daniela se había marchado del país sin despedirse de mí y odiándome por completo. De repente sentí una presencia a mi costado que colocó su putesca mano pintarrajeada sobre mis rodillas y me pregunto cómo me llamaba a lo que respondí “Jorge”; volteé para ver su rostro y esperar que no sea una mofletuda más. Mi sorpresa fue grande al ver que mi acompañante designada era la bailarina que vimos al subir, entonces el temor pareció hincharse en mi pecho dejándome sin respiración por unos segundos, ahora si me encontraba totalmente desconcertado sobre como proceder, pues la borrachera ya no daría resultado esto era algo más grande de lo que me esperaba. Estaba en frente de una bailarina a la que ya había visto semicalata y ahora debía entablar conversación con ella. _Me llamo Gladis, me dijo alegremente, lo cual empeoraba las cosas pues así se llama mi mamá. Entonces supe que tenía que emborracharme por que nada podía ser peor entonces.
Ella notó mi angustia y empezó a interrogarme sobre a qué me dedicaba, con quién vivía, qué música me gustaba y un sin fin de preguntas estúpidas todas para el momento. Hasta que al parecer se encontró con que ya no tenía más que preguntar y decidió hablarme sobre ella. Me dijo que le gustaba bailar y se esmeraba mucho preparando su coreografía, lo cual me pareció inútil pues sus espectadores solo comentan “qué rico culo”, “qué buenas tetas”, “esa chola está bien rica” y obviamente nunca hay un comentario como “la performance de esta bailarina me parece rotundamente extraordinario”; mientras tanto yo, me había encontrado envuelto en pensamientos sobre Daniela, una gran amiga que dejó de serlo al momento que se enteró lo que yo sentía por ella, que lo único que hizo fue no escucharme y juzgarme por haber traicionado su amistad enamorándome de ella y me sentenció al destierro de su vida; _En realidad mi verdadero nombre es Carla; escuché decir a mi acompañante y la miré consternado y antes que pudiera decir algo ella prosiguió y al mirarme me sonría al parecer reconfortada y muy cómoda, la imagen de mujer apabullante mostrado al comienzo de nuestro encuentro desapareció ahora se mostraba muy natural, alegre y alivianada. Me contó que empezó vendiendo los boletos en la puerta y luego le ofrecieron que bailara, por los dos hijos pequeños que tenía y su madre anciana que mantenía ella sola aceptó, pero éste era su trabajo de fines de semana durante las mañanas estudiaba para ser peluquera. Esa era Carla, Gladis sólo cobraba vida los fines de semana en Calloma mientras su madre cuidaba a sus nietos pensando que su hija era mesera en una discoteca. Tengo que confesar que al oír a esa mujer que me había contado su verdadera historia sólo pude pensar en lo trágica que era mi suerte pues hasta una puta con la que sólo había estado menos de media hora, y sin disfrutar de su trabajo, se había sincerado conmigo hasta el punto de derramar algunas lágrimas. Entonces la angustia, el temor y los nervios que sentí al saber que mi acompañante sería la despampanante bailarina que vi al entrar, se había convertido en rabia, frustración y descontento al ver que hasta una puta me confiaba sus verdades sin preguntarse si a mí me interesaba. Porque esa era mi suerte, una desgracia de las más desgraciadas.
En ese momento me di cuenta que Carlos no estaba ya en la mesa y al preguntarle Carla por él. Ella señaló un lugar oscuro, donde había un mueble que se podía ver en penumbras, y allí estaba Carlos sentado con el pantalón por las rodillas y la pelirroja de labios putones montado sobre él besándolo ansiosa y desesperadamente. Lo cual provocó que mis sentimientos se agrandaran. El hijo de puta Carlos tenía una mujer que se le enroscaba por el cuerpo y yo consolaba a una puta llorona.
Al terminar su violenta sesión amatoria mi amigo me hizo una señal para irnos, lo cual fue lo más gratificante de la noche para mí, al despedirme Carla –o Gladis si gustan- se despidió de mí con intempestivo beso, y en ese momento pensé _Daniela,¿ por qué no eres una puta?.
Al caminar por la Colmena, ya de mañana, rumbo a Tacna y aún pensando en lo que había pasado esa madrugada me di cuenta que nunca dejaría de ser “el gordito con cara de huevón”.
Divertido diario de circunstancias, estimado Jorge. Espero que ahora sí te dediques a ser más responsable de lo que pareces en este post, dedicado a eso que sí sabes hacer con suma disciplina: la bohemia.
ResponderEliminarmira gordo wevon yo soy el dueño del miami y espara pronto una citacion por estar difamando mi centro nocturno de sana diversion varonil..
ResponderEliminaratte
gerencia del miami
Por favor no aluducirse con los sitios mencionados, todos sabemos que son unos antros...
ResponderEliminarmuy buena prosa, y de verdad si te cuentan todo, aprovecha, escucha, y en el consuelo, puede star la ganancia, se màs practico. levanta, tines que ver la pelicula Rompebodas; o espera que en su momento encuentres la mezcla exacta entre una puta, y una de las niñas de las historias
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